Un drama magnifique digno de un Premio de la Academia.
Mejor Actor: Lestat de Lioncourt; un nombre, por demás, artístico.
Proferí un ligero corte en mi índice derecho y cerré con devota dulzura las heridas que mis colmillos perpetuaron en la, ahora fláccida, piel trigueña. Eliminé todo rastro de violencia pues ella, en un delicioso momento, quiso resistirse y ¡oh placer! Ese acto involuntario y vano de defensa personal, sencillamente, me enloquece. Tuve a bien ponerla al tanto de mis intenciones y ante ello, mi bella mujer exasperó de inmediato.
Dios bendiga la privacidad de los hoteles cinco estrellas.
La deposité sobre la sábanas, cubrí su esbelta figura con el mullido edredón y dejé "mi" lado de la cama como si acabase de despertar. Su respiración, agonizante, cesó por fin; la mantuve viva durante mi sueño diurno, hechizada, hipnotizada y con apenas unos pocos litros de sangre en las venas.
Aclaré mi garganta, llamé a Emergencias e informé con voz desesperada que mi acompañante yacía inconsciente sobre el lecho y que, "por nada del mundo", respondía a mis llamados. Gimoteé rogando por una ambulancia, un doctor, un paramédico, ¡lo que fuere! Cinco minutos después, una camada de personal hotelero acometió contra mi suite y la examinó exhaustivamente. Ninguna señal de crimen. El rubio huésped “estupefacto” y la fallecida, aún cálida. El personal convocó a la policía –llamada Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (decadencia très chic, he de insistir)– a fin de ordenar la autopsia, el reconocimiento y, desde luego, los interrogatorios. Debo aclarar que si bien no desangré a la jovencita hasta su muerte, obligué a su corazón detenerse de súbito.
Me creyó, obviamente. No podía no creerme.
Mi adrenalina depravada se esfumó por completo. Me fastidié.
La autopsia reveló: Paro cardíaco fulminante a causa de un avanzado cuadro de anemia perniciosa. La Embajada de Francia y el hotel respiraron aliviados. Y yo reí, burlándome de toda aquella sátira. Nunca ningún criminal podrá igualar mi magnificencia, seducción y encanto; soy infinitamente superior a Hannibal Lecter.
Mejor Actor: Lestat de Lioncourt; un nombre, por demás, artístico.
Proferí un ligero corte en mi índice derecho y cerré con devota dulzura las heridas que mis colmillos perpetuaron en la, ahora fláccida, piel trigueña. Eliminé todo rastro de violencia pues ella, en un delicioso momento, quiso resistirse y ¡oh placer! Ese acto involuntario y vano de defensa personal, sencillamente, me enloquece. Tuve a bien ponerla al tanto de mis intenciones y ante ello, mi bella mujer exasperó de inmediato.
Dios bendiga la privacidad de los hoteles cinco estrellas.
La deposité sobre la sábanas, cubrí su esbelta figura con el mullido edredón y dejé "mi" lado de la cama como si acabase de despertar. Su respiración, agonizante, cesó por fin; la mantuve viva durante mi sueño diurno, hechizada, hipnotizada y con apenas unos pocos litros de sangre en las venas.
La actuación:
Aclaré mi garganta, llamé a Emergencias e informé con voz desesperada que mi acompañante yacía inconsciente sobre el lecho y que, "por nada del mundo", respondía a mis llamados. Gimoteé rogando por una ambulancia, un doctor, un paramédico, ¡lo que fuere! Cinco minutos después, una camada de personal hotelero acometió contra mi suite y la examinó exhaustivamente. Ninguna señal de crimen. El rubio huésped “estupefacto” y la fallecida, aún cálida. El personal convocó a la policía –llamada Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (decadencia très chic, he de insistir)– a fin de ordenar la autopsia, el reconocimiento y, desde luego, los interrogatorios. Debo aclarar que si bien no desangré a la jovencita hasta su muerte, obligué a su corazón detenerse de súbito.
–Vuelvo y repito, Señor "Layonquir" (Leandro de Lajonquière, otra de mis identidades con cuenta bancaria; sus iniciales concuerdan con las mías y por ello me encanta utilizarla)–continuó el oficial luego de diez minutos de interrogatorio, sumados a una horrorosa pronunciación de mi nombre ficticio y a la escucha de una hórrida verborrea por parte suya-. ¿Sí o no tenía algo que ver con la Señorita Ramírez?
–He sido totalmente franco, señor agente –respondí, fingiendo aflicción-. Conocí a Gabriela en la piscina del hotel, el viernes, a las 7:03 pm. Mentiría si le dijera que, anteriormente, sabía quién era.
–He sido totalmente franco, señor agente –respondí, fingiendo aflicción-. Conocí a Gabriela en la piscina del hotel, el viernes, a las 7:03 pm. Mentiría si le dijera que, anteriormente, sabía quién era.
Me creyó, obviamente. No podía no creerme.
–Usted habría hecho lo mismo –añadí, tras otros tres minutos de preguntas y respuestas que comenzaba a aburrirme-. Pues ambos somos hombres. En absoluto tengo culpa más allá de disfrutar una única y exquisita noche con ella. Soy inocente y usted lo sabe.
Cinco minutos adicionales. Mi adrenalina depravada se esfumó por completo. Me fastidié.
La autopsia reveló: Paro cardíaco fulminante a causa de un avanzado cuadro de anemia perniciosa. La Embajada de Francia y el hotel respiraron aliviados. Y yo reí, burlándome de toda aquella sátira. Nunca ningún criminal podrá igualar mi magnificencia, seducción y encanto; soy infinitamente superior a Hannibal Lecter.
Current Location: Caracas.
Current Mood: Divine.
Current Music: Nº 24 en A Minor / 24 Caprices - Nicolo Paganini.
15 speeches | Talk to me!
